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San Pedro, Buenos Aires, Argentina
Directora del Jardín de Infantes 906, San Pedro. Diplomada en resolución de conflictos. Investigadora independiente, sobre los desafíos de educar en un mundo intercomunicado. Amante del arte.

sábado, 16 de julio de 2011

Conferencia sobre la "Importancia del movimiento en el desarrollo de la persona", de Emmi Pikler.

Continuando mi exposición, quiero hablar de algunos aspectos de este último problema:
cómo se estructura la competencia ya en los niños muy pequeños. Precisamente quisiera atraer la atención sobre algunas consideraciones de orden práctico, a primera vista de poca importancia, pero que, de hecho, son determinantes. Para el “sentido común”, y también para una gran parte de la literatura médica, el recién nacido es un ser pasivo e impotente; él no puede expresar si se siente bien; si algo le molesta, llora; si el recién nacido llora hay que calmarlo, si tiene hambre hay que darle de mamar. Se lo mece, se lo acaricia, se lo abraza ya que a él le gusta el contacto corporal.
En lo que concierne a su desarrollo “la enseñanza” del recién nacido se ha vuelto cada vez más intensiva en estos últimos años: se dice que es necesario estimularlo, que es
necesario enseñarle la mayor cantidad de cosas posibles en el menor lapso; apenas no se considera necesario programarlo como a una computadora... Se espera del recién nacido que se quede en una posición en la que se lo pone regularmente; que imite actos simples que se le muestran, que retenga palabras, etc. No se lo nutre sólo de palabras sino también de conocimientos. En general, son los adultos quienes deciden lo que debe saber en cierto momento el lactante; qué debe hacer y cómo. Se le enseña todo; se le hace hacer ayudándolo más o menos. Hay inclusive algunas tendencias que prescriben a las madres enseñarle a su bebé un programa determinado, riguroso, metódico...

Durante este tiempo, los adultos están cada vez menos atentos a las iniciativas, a las
señales del lactante. Estas señales e iniciativas se vuelven así cada vez más raras. El niño se habitúa a la imitación, a la repetición en casi todos los terrenos de la vida. Tal manera de actuar vuelve al niño absolutamente dependiente y pasivo. Ahora bien, se considera generalmente que esa dependencia y pasividad se corresponden a una disposición natural y no a una consecuencia... Sin embargo, esta actitud es una contradicción con los descubrimientos recientes sobre la vida psíquica de la protoinfancia.
En el curso de las últimas décadas, en efecto, hemos aprendido mucho sobre el recién
nacido y el lactante. Aparecen informes, unos detrás de otros, sobre las aptitudes, las
disposiciones del recién nacido que refutan las creencias de siglos anteriores. Así, por
ejemplo, a través de una observación continuada durante 18 horas, Wolff (14) ha mostrado que desde el primer día de vida el bebé es capaz de seguir la luz que le interesa, de dar vuelta la cabeza y los ojos en su dirección, aunque sea algunos instantes.
Las experiencias de Bower(2) han probado que si se sostiene al recién nacido de cierta manera, él tiende las manos hacia un objeto brillante a pocos días de su nacimiento. Además, si el objeto que ve no es un objeto real, sino solamente su imagen proyectada en el aire, el lactante llora cuando su mano no encuentra nada en el lugar de la imagen. Por el contrario, si hay un objeto real delante de sus ojos, que puede tocar, no llora. Las
experiencias han comprobado que inclusive puede percibir las formas y desde los primeros días se dirige de manera significativa hacia el objeto preferido (Fantz). El recién nacido de algunos días puede distinguir el tamaño de los objetos inclusive si la imagen proyectada sobre la retina es invariable (Bower, 1). Se ha demostrado también que a la semana de vida es capaz de distinguir señales sonoras diferentes (Papousek, 10).
Así comprobamos a partir de estas experiencias y tantas otras, que el hombre nace con
aptitudes que, se pensaba hasta ahora, aparecían más tarde, en el curso del desarrollo del niño. Sin embargo, se plantean algunas cuestiones. ¿Cuál es el papel de las aptitudes recién descubiertas en la vida cotidiana del niño? ¿Cómo las utiliza él? ¿Cómo se desarrollan estas aptitudes, cuándo se diferencian y se integran? ¿Cómo se adaptan éstas al proceso de desarrollo, a la formación de la personalidad del niño? Las investigaciones mencionadas no dan respuesta a estas preguntas.

Uno se podría preguntar también si habría otras aptitudes en potencia en el niño más
pequeño cuya aparición pudiera ser más tardía (ligadas a la maduración del sistema
nervioso por ejemplo). Aptitudes que podrían escapársenos por no haber estado
suficientemente atentos o por la falta de condiciones favorables para su evolución;
aptitudes ligadas a su competencia en particular.
Conocemos numerosos métodos de examen para identificar los estadios principales del
desarrollo. En general, estos métodos consisten en registrar los comportamientos de los
lactantes en edades precisas, en situaciones de examen idénticas o similares.
A menudo el fenómeno que se quiere observar a través de estos exámenes no es un
comportamiento autónomo ni espontáneo sino la respuesta a la acción o a las palabras del adulto. Esto es particularmente notorio en el examen del desarrollo de los movimientos y de las posturas sobre todo en los seis primeros meses. En efecto no se busca saber qué es capaz de hacer el niño por sí mismo, qué hace él mismo en su vida de todos los días, sino por ejemplo, cómo evoluciona con el tiempo la curvatura de su columna vertebral o cómo mantiene su cabeza cuando el adulto lo coloca en la posición sentada, etc. En tanto no disponemos más que de estos métodos tradicionales de examen, numerosas acciones y formas de movimiento que aparecen en la vida cotidiana del niño pequeño y que juegan un rol importante en la misma, escapan a la atención de los examinadores.
Por otra parte, tampoco obtenemos informaciones sobre la capacidad del lactante para
establecer una relación activa con el adulto, ni sobre su capacidad de tomar iniciativas y
realizar una acción proyectada. Con mayor razón no sabremos cómo es necesario variar la manera de ocuparse del niño, o cómo debe ser su medio ambiente material para que él pueda tomar esas iniciativas y realizar sus proyectos.
En efecto, si queremos saber en qué medida el recién nacido o el niño pequeño es capaz de interacciones eficaces con su medio no sólo es necesario cambiar nuestros métodos de examen sino nuestro comportamiento frente a él para crear un medio tal en el que pueda desplegar esas aptitudes. Esto es justamente lo que creemos haber realizado en el Instituto Lóczy, que, desde ese punto de vista, está en una situación privilegiada. Desde su fundación en 1946, el Instituto asegura a los niños condiciones de cuidados y de educación diferentes, en ciertos aspectos, a las condiciones habituales. Algunas fueron experimentadas durante mucho tiempo en familias. Así pudimos salvaguardar un proceso de desarrollo, en el cual los niños pequeños pueden, casi desde sus primeros días, tomar la iniciativa y conducir interacciones eficaces tanto con el adulto que se ocupa de ellos como con el medio material.

En estas condiciones nos dimos cuenta que el niño pequeño es capaz de muchas más
cosas, no solamente en situación experimental, sino también en su vida cotidiana, de lo que uno había supuesto o visto hasta aquí en el marco de la educación tradicional. El recién nacido puede crisparse o distenderse al contacto de la mano del adulto; tiembla o se acurruca cuando se lo toma en los brazos. Así, él señala si el contacto le es o no agradable.
Se lo puede tocar y tomarlo de tal manera que sus músculos no se crispen o que él no se resista, por ejemplo, cuando se le quieren limpiar los pliegues del cuello y de los miembros.
Son necesarios sólo unos pocos días para comprobar, según la manera en que lo hemos tocado, si el bebé se crispa o por el contrario, se distiende, no solamente al tacto sino ni bien el adulto se le aproxima. De esta manera, desde el comienzo, se establece un contacto positivo o negativo entre el bebé y el adulto que se ocupa de él.
Se sabe que en la mamada, el bebé es activo desde el primer día. Más aún, el recién
nacido indica netamente si aprecia o no la bebida y la comida que se le propone. Si le
gusta, succiona activamente, aun con la cuchara; si no le gusta, deja caer todo, saca la
lengua, rechazando lo que no quiere tragar. Por otro lado, también bastante antes de llorar, le hace saber al adulto qué elemento le resulta placentero: indica por sus movimientos más o menos tónicos, por la expresión de su rostro, de sus ojos, si está contento o no, ya se trate de la temperatura del baño o de la forma en que se lo viste. Toma tempranamente iniciativas: si se lo cuida siempre de la misma manera, permaneciendo muy atento a sus señales y respondiendo a ellas, no son necesarios sino algunos días para que él mismo relaje antes el miembro que va a ser lavado durante el baño; después de algunas semanas, si le hablamos, cierra la boca, luego nos dirige algunos sonidos, nos sonríe, y hasta responde a nuestra palabra. Busca atentamente, cada vez más, atraer la atención del adulto con sonidos, gestos. Entra en interacción con él y coopera cada vez más durante los cuidados. Más tarde ayuda extendiendo el brazo, la pierna, dándose vuelta sobre el vientre cuando se lo pedimos.
Así hemos comprobado que en el desarrollo de las relaciones entre el niño y el adulto puede realizarse un proceso, caracterizado por un comportamiento eficaz del niño referido a lo que va a sucederle y es sobre ello que hemos construido la base
misma de nuestra práctica cotidiana. Tomando iniciativas, el niño es un compañero activo en la interacción: tiene un comportamiento competente.

El bebé, participando activamente en los cuidados, viviendo en un equilibrio emocional y
afectivo satisfactorio, toma también iniciativas fuera de los cuidados, fuera de la presencia del adulto. En un ambiente adecuado es capaz de buscar el objeto que le interesa, de explorarlo solo, de jugar y manipularlo. El bebé criado en esas condiciones requiere menos la asistencia del adulto en muchos terrenos. Así el desarrollo de sus movimientos no se determina como una progresión a partir de la incapacidad y de la torpeza hacia la autonomía. En cada uno de los estadios de su desarrollo, el niño es capaz de moverse de manera autónoma, de tomar la iniciativa de nuevas posturas y nuevos movimientos, aprenderlos y ejercerlos sin tener para esto, necesidad de la ayuda del adulto. En cada una de las posiciones que él toma es movedizo y ágil. Puede abandonar esa posición y puede volver a ella. Es dándose vuelta él mismo sobre el vientre como llega a la posición ventral, en lugar de haber sido acostado sobre el vientre por el adulto. No aprende la posición sentado con la ayuda del adulto que lo sienta sosteniéndolo. Llega a la posición sentado por sí mismo, progresivamente, desde la posición ventral acodándose de costado y ubicándose en posición semisentado –ambas son posturas intermedias que ejerce largamente. Igualmente, para aprender a ponerse de pie, no es colocado ni sostenido por el adulto. Se pone en cuadrupedia, luego se arrodilla, se levanta por sí mismo sosteniéndose; luego llega a ponerse de pie libremente; poco tiempo después comienza a marchar (Pikler,
Entre tanto ejerce continuamente sus otros movimientos. En el curso de su desarrollo,
las maneras de desplazarse, de alcanzar un juguete y de servirse de él, van evolucionando.
Ensaya siempre nuevos medios para moverse y actuar durante toda su primera infancia. No es necesario que el adulto le muestre, le enseñe todo. Con un interés inagotable mira su mano, toma los objetos, los observa, los experimenta; cambia a menudo de posición y de lugar. A partir de su propia iniciativa va conociendo el mundo circundante (Tardos, 1 Y algo esencial es que haciéndolo, su alegría, su deseo de tomar iniciativas permanece constante.
Así hemos también comprobado y construido a partir de ello, el otro aspecto esencial de nuestra práctica cotidiana: el desarrollo de los movimientos y de la manipulación
puede realizarse en un proceso caracterizado por un comportamiento competente.
Además de la actitud adecuada del adulto de la que hemos hablado, es necesario un ambiente material conveniente para que el niño pueda actuar solo con los objetos, es decir, que pueda comportarse hacia ellos de manera competente. Es preciso que estos juguetes estén a una distancia accesible para que él pueda alcanzarlos con sus manos, que puedan ser utilizados libremente por el niño, que no estén atados, suspendidos o fijados; que no sea inconveniente llevarlos a la boca, etc.
Además, sólo si tiene bastante lugar para hacerlo, el bebé puede descubrir, ejercer sus
posibilidades motrices correspondientes a su nivel de desarrollo, es decir, darse vuelta de costado, boca abajo, rodar, reptar, desplazarse luego en cuatro patas, etc.
Sin embargo, si se examinan los sistemas educativos corrientes desde ese punto de vista, se ve que hay muchas circunstancias que traban la actividad de los niños pequeños. Por ejemplo, en el terreno de los movimientos.
El recién nacido que es acostado boca abajo, siguiendo una práctica difundida en nuestros días, no puede durante largas semanas, mover libremente ni sus brazos, ni sus piernas.
Hacia la edad de 5 o 6 meses, haya estado de espaldas o sobre el vientre antes, cuando
podría ensayar nuevos movimientos, no se le deja esta posibilidad: suponiendo que no se lo inmovilice colocándolo sentado, le falta a menudo espacio suficiente. En efecto, muchos niños pasan jornadas enteras en la cama o bien en corralitos redondos de un metro de diámetro –que es todavía más exiguo que una cama– o bien, en un caso un poco mejor, en un corral rectangular apenas mayor de un metro cuadrado. En estos corralitos no se puede rolar, reptar, ni desplazarse en cuadrupedia. Se fabrican sillas o asientos especiales, como el babysit; se ven todavía instrumentos en los cuales el niño es mantenido parado (youpala). En estos asientos el niño no puede cambiar de posición, no puede retomar un objeto que se le cayó de las manos. Y en el youpala puede todavía menos... Los juguetes que rodean al niño, tenga espacio o no, a menudo están mal adaptados a sus medios e intereses.
En numerosas ocasiones, la autonomía del niño, el sentimiento de competencia que él
podría extraer de ella, es trabada por la manera en que el adulto cree favorecer su
desarrollo. Sería interesante analizar la actitud que, bajo el pretexto de ayuda o de
estimulación, priva al niño de la posibilidad de tomar por sí mismo sus iniciativas, de hacer ensayos y de finalizar él mismo una acción comenzada.
La menor ayuda para terminar lo que él ha comenzado priva al niño tanto de la alegría de una acción autónoma como del sentimiento de eficacia consigo mismo y con el objeto.
Los niños cuyo ritmo de desarrollo en ciertos aspectos es más lento que el promedio, están particularmente expuestos a este peligro, ya que se les hace ejercitar funciones en momentos en los que a ellos les falta ampliamente la maduración necesaria para éstas. Son colocados pasivos en posiciones que adquirirían ulteriormente, cada vez más evolucionadas, se exige de ellos rendimientos discordantes en relación con los que serían realmente capaces por sí mismos. Es a menudo de esta manera que se
vuelven dependientes, inhábiles, torpes a niños sanos cuyo desarrollo es simplemente un poco más lento que el del promedio.
Sabemos hoy que es mejor comenzar la escuela un poco más tarde, antes que quedar a la rastra durante toda la escolaridad, “no saber” o “saber mal” lo que otros pueden aprender fácilmente. Es más ventajoso para cada uno realizar activamente sus propias posibilidades de una manera rica y variada, a su propio nivel de desarrollo, que estar siempre en retardo con relación a sí mismo. Y esto es tal vez todavía mucho más real en la protoinfancia.
Que los niños tengan tan pocas aptitudes para tomar iniciativas; que prefieran reproducir
antes que inventar, imitar antes que realizar ideas individuales es una de las grandes
preocupaciones actuales de los pedagogos que se ocupan de jóvenes y más aún para los teóricos. Ahora bien, los niños son educados en este sentido desde el nacimiento. Desde su infancia más temprana se sofocan sus iniciativas, se les hace perder las ganas de experimentar por sí mismos; se restringen a áreas estrechas sus posibilidades de tomar cualquier iniciativa, y si las toman, poder finalizarlas ellos mismos.
Debemos ser conscientes de la importancia que reviste la educación del lactante y del niño pequeño, de la influencia que esta educación tendrá sobre toda su vida. Por esto la
educación, como todas las actividades humanas debe servirse de los resultados de la
investigación científica. En este aspecto, la responsabilidad del médico está particularmente comprometida. En efecto, directa o indirectamente son las prescripciones y las opiniones del pediatra las que determinan las actitudes de la madre hacia el bebé. Actualmente, y cada vez más, el rol de los especialistas, psicólogos, puericultoras, auxiliares y asistentes sociales se hace también determinante. Es útil atraer la atención de los padres (o de los adultos que se ocupan) sobre las señales que parten de los niños y lo que puede hacerse en respuesta a esas señales. Es mejor no aprobar los hábitos antiguos pero desventajosos inclusive si éstos exigen menos cuidados o atención por parte de los padres. Se puede, por ejemplo, sensibilizarlos sobre la importancia que tiene para el niño, el hecho de ejercer autónomamente los movimientos. Se los puede orientar acerca de las actitudes y comportamientos, de tal manera que no vean en el niño sólo el objeto de su propia actividad, si no más bien un compañero bien activo.
Debemos comprender que además de las tareas variadas de cuidados y de alimentación el desarrollo de la competencia del bebé es también un aspecto de gran importancia.
Si le fuera acordada la atención necesaria a la competencia del niño, podría producirse tal cambio en la educación de niños pequeños, que tal vez podría evitarse o por lo menos atenuarse la aparición de algunas alteraciones psíquicas y somáticas. Nuestra experiencia, durante más de 50 años, nos demostró que si se toman cuidadosamente en cuenta las señales, las iniciativas del bebé y, a través de ello, se refuerzan sus “pretensiones” de competencia, se educa un niño más calmo, que provoca menos problemas, que sabe mucho mejor qué le interesa, cuáles son sus necesidades de
alimentación y sueño, que sabe jugar y ocuparse solo provechosamente.
Es activo y tiene más chances de mantener buenas relaciones con su madre y los adultos en general. Esto no significa únicamente un apego a la calidez del
abrazo, sino sobre todo una relación humana más positiva fundada en una adaptación mutua. Sobre la base de tal relación la socialización del niño es un proceso sano y comporta menos conflictos. Su vida emocional y afectiva es más rica y equilibrada. En resumen.
Yo quería demostrar que la competencia del niño pequeño es una aptitud que se expande al máximo de sus posibilidades tanto gracias a la atención y a las respuestas adecuadas que aportamos al niño, como a las condiciones del medio ambiente más favorables que le aseguramos.
Que la iniciativa provenga del niño, que la ejecución del acto sea autónomo, y que el mismo sea eficaz, son los elementos más importantes del comportamiento competente. El establecimiento activo de las relaciones con el adulto, el movimiento por propia iniciativa, la manipulación comenzada y continuada por sí mismo son, al mismo tiempo, consecuencias e instrumentos del desarrollo de su personalidad.
http://www.aipl.org/ENTRER-E.htm

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